Aunque Foenkinos apuesta por la sencillez en el método narrativo, esta novela suya tan celebrada en Francia, alude a una serie de alambicados símbolos que lo mismo parten de una novela de Cortázar que de una película de los años treinta o un dulce como el famoso PEZ, el caramelo de menta de origen alemán que se despachaba en un artefacto parecido a un bastoncito. El chiste es lanzar la red, atrapar a la mente divagante del lector y reducirlo a personaje o elevarlo a emblema.
Nathalie pierde a su marido y da inicio a un proceso de introspección equidistante de su felicidad. Cuando se aleja o se aproxima a Charles, por ejemplo, lo único que nos demuestra (tanto el autor como el narrador) es que todo depende del enfoque, pero más que del enfoque dado por uno a las cosas, estamos hablando de la manera en que las cosas se aproximan a nosotros. De nada vale presentar a los protagonistas de esta pequeña historia de amor si no sabemos, por ejemplo, del hermetismo en que se hunden las personas cuando han perdido a un ser amado.
David Foenkinos es hábil a la hora de distraer la trama, pero nunca cede a la tentación de la elipsis innecesaria. Por el contrario, nos va presentando en breves líneas e incluso en telegramas o contrapuntos cómo incluso el tiempo puede maniobrarse lo mismo que una sartén caliente en el horno de la historia. Los teléfonos que se usaban antes, de apenas cuatro dígitos, o la relevancia del beso según Maupassant, van tejiéndose con una costura dispareja a lo largo del relato.
Además de conocer el temperamento de una mujer tradicionalmente nostálgica, como todas aquellas llamadas Nathalie, encontramos en esta novela un periplo que va de la desolación a la felicidad, pasando por la melancolía sueca y el arbitrario devenir de quien, como empleado, es capaz de abofetear a su jefe sin sufrir las consecuencias. Esta pieza se encuentra publicada en editorial Seix Barral.
Hace un par de años, por cierto, la novela acabó en el cine, bajo la dirección de los hermanos Foenkinos.
jueves, 20 de noviembre de 2014
domingo, 16 de noviembre de 2014
"MI AMIGO EL PINTOR", DE LYGIA BOJUNGA/ POR SERGIO BRICEÑO GONZÁLEZ
Los colores determinan estados de ánimo, pero cuando aquellos se convierten en el pretexto para ver el mundo y darle una dimensión, entonces la pintura, como acto creativo, se transforma en un punto de referencia que bien puede ser entendido como pura creatividad o, como en el caso de este libro de Lygia Bojunga (Brasil, 1936), en un ejercicio de protesta.
Más allá de la historia de un niño que tiene como vecino a un pintor, con quien dialoga y con quien analiza el mundo exterior, incluyendo a su propia familia, estamos ante un hecho incuestionable: el universo que perciben los infantes es tan densamente rico en anécdotas y reflexiones, que termina pasando desapercibido.
A lo largo de estas páginas, el lector se enfrentará a diferentes cuestionamientos sobre el origen de la desaparición del pintor, a quien el pequeño protagonista recuerda sumando el amarillo a los campanazos de un reloj, o el rojo intenso al proceso de enamoramiento que sufrirá hacia el final de la historia. Pero, ¿de qué otro modo podríamos comprender nuestras emociones si no es mediante el color y las acciones, es decir, los trazos?
Ya Wittgenstein, el filósofo austriaco, había tratado de penetrar en el sustrato que anima y crea los tonos que recubren el espacio donde nos desplazamos en el volumen "Observaciones sobre los colores", pero me parece que Lygia Bojunga consigue en este pequeño texto trascender el relato filosófico y desdoblarse en una nueva realidad: la que plantea, por ejemplo, que el pintor ha sido secuestrado por la policía.
En el Brasil de Bojunga, los resabios de la dictadura de Castelo Branco se manifiestan en su trabajo del mismo modo que se hacen presentes en multitud de obras, incluyendo las canciones de Chico Buarque y el nacimiento del Bossanova como un ritmo exclusivamente antigobiernista. En el caso de "Mi amigo el pintor", la emociones de un niño pasarán a formar parte de las reacciones de un pueblo sometido contra ese régimen que lo reprime.
Una pieza literaria que vale la pena consultar en estos días aciagos.
Más allá de la historia de un niño que tiene como vecino a un pintor, con quien dialoga y con quien analiza el mundo exterior, incluyendo a su propia familia, estamos ante un hecho incuestionable: el universo que perciben los infantes es tan densamente rico en anécdotas y reflexiones, que termina pasando desapercibido.
A lo largo de estas páginas, el lector se enfrentará a diferentes cuestionamientos sobre el origen de la desaparición del pintor, a quien el pequeño protagonista recuerda sumando el amarillo a los campanazos de un reloj, o el rojo intenso al proceso de enamoramiento que sufrirá hacia el final de la historia. Pero, ¿de qué otro modo podríamos comprender nuestras emociones si no es mediante el color y las acciones, es decir, los trazos?
Ya Wittgenstein, el filósofo austriaco, había tratado de penetrar en el sustrato que anima y crea los tonos que recubren el espacio donde nos desplazamos en el volumen "Observaciones sobre los colores", pero me parece que Lygia Bojunga consigue en este pequeño texto trascender el relato filosófico y desdoblarse en una nueva realidad: la que plantea, por ejemplo, que el pintor ha sido secuestrado por la policía.
En el Brasil de Bojunga, los resabios de la dictadura de Castelo Branco se manifiestan en su trabajo del mismo modo que se hacen presentes en multitud de obras, incluyendo las canciones de Chico Buarque y el nacimiento del Bossanova como un ritmo exclusivamente antigobiernista. En el caso de "Mi amigo el pintor", la emociones de un niño pasarán a formar parte de las reacciones de un pueblo sometido contra ese régimen que lo reprime.
Una pieza literaria que vale la pena consultar en estos días aciagos.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
"ANA ESTÁ FURIOSA", DE CHRISTINE NÖSTLINGER/ Por SERGIO BRICEÑO GONZÁLEZ
En tiempos de ira es menester analizar el comportamiento de los niños aunque sea de paso.
Las niñas son más propensas al coraje, es el adagio de siempre. Hacen berrinche de la nada. Incluso ya grandes continúan en las mismas, pero eso no nos quiere decir Christine Nöstlinger en su pequeño cuento "Ana está furiosa", que nos relata la historia de la niña Ana, quien de todo se enojaba.
Se ponía roja de coraje si no era capaz de peinar a su muñeca o de construir una torre de más de un metro de altura.
Tan problemáticos eran sus corajes que acabó sin amigos y cuando iba al parque los más grandes se reían de ella al verla despotricar. Sus papás le dijeron que tomara mucha agua para no darle lugar a la rabia.
Un día llega su abuelo con una sorpresa para ella. Dicho regalo acabará de golpe con todos esos malos ratos de la niña.
Ganadora a principios de los setenta del Deutscher Jugendbuchpreis, la austriaca Nöstlinger obtuvo también en 1984 el Hans Christian Andersen que otorga la agrupación IBBY (International Board on Books for Young People). Este librito está publicado por ediciones SM en su colección El Barco de Vapor. La obra de Christine es fundamental en el panorama de la iniciación a la lectura entre los niños.
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