Los colores determinan estados de ánimo, pero cuando aquellos se convierten en el pretexto para ver el mundo y darle una dimensión, entonces la pintura, como acto creativo, se transforma en un punto de referencia que bien puede ser entendido como pura creatividad o, como en el caso de este libro de Lygia Bojunga (Brasil, 1936), en un ejercicio de protesta.
Más allá de la historia de un niño que tiene como vecino a un pintor, con quien dialoga y con quien analiza el mundo exterior, incluyendo a su propia familia, estamos ante un hecho incuestionable: el universo que perciben los infantes es tan densamente rico en anécdotas y reflexiones, que termina pasando desapercibido.
A lo largo de estas páginas, el lector se enfrentará a diferentes cuestionamientos sobre el origen de la desaparición del pintor, a quien el pequeño protagonista recuerda sumando el amarillo a los campanazos de un reloj, o el rojo intenso al proceso de enamoramiento que sufrirá hacia el final de la historia. Pero, ¿de qué otro modo podríamos comprender nuestras emociones si no es mediante el color y las acciones, es decir, los trazos?
Ya Wittgenstein, el filósofo austriaco, había tratado de penetrar en el sustrato que anima y crea los tonos que recubren el espacio donde nos desplazamos en el volumen "Observaciones sobre los colores", pero me parece que Lygia Bojunga consigue en este pequeño texto trascender el relato filosófico y desdoblarse en una nueva realidad: la que plantea, por ejemplo, que el pintor ha sido secuestrado por la policía.
En el Brasil de Bojunga, los resabios de la dictadura de Castelo Branco se manifiestan en su trabajo del mismo modo que se hacen presentes en multitud de obras, incluyendo las canciones de Chico Buarque y el nacimiento del Bossanova como un ritmo exclusivamente antigobiernista. En el caso de "Mi amigo el pintor", la emociones de un niño pasarán a formar parte de las reacciones de un pueblo sometido contra ese régimen que lo reprime.
Una pieza literaria que vale la pena consultar en estos días aciagos.

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