martes, 5 de septiembre de 2017

ALBERTO BARRETO HABLA DE SERGIO BRICEÑO

Atracadero de sombras: ¿Fanfarreas mareadoras? o la sorpresa de un premio al amanecer

ALBERTO BARRETO (TOMADO DEL PERIÓDICO ECOS DE LA COSTA DEL 30 ABRIL DE 2016)


No sé cuándo de pronto -¿o sería paulatinamente?- se bifurca el camino de la economía política (andanza universitaria trunca) por el anhelo poético de Sergio Briceño.
Como cualquier deseo inicial, Briceño se lanza con todo su furor a encontrar veredas para él en ese momento desconocidas -acaso inhóspitas- persiguiendo el hábito del poeta. Y así llena algunas libretas de tentativas, donde la poesía le marca un horizonte a su existencia. A su vida, entra entonces esa amante imperfecta, pero moldeable, sensitivamente plástica, amorosa o desdeñosa en ocasiones, mortuoria o vital, crepúsculo o aurora, risa o llanto, en fin, todo lo inabarcable dentro de lo abarcable, derivado de las percepciones de cada cual; en este caso, consecuentes con los eternos sentimientos y emociones de aquello posiblemente abarcable.
Y pronto logra ascender en la escalera de los poetas prometedores de Colima. Formado en algunos talleres literarios e inmiscuido en la búsqueda de estructuras temáticas y formales, pronto parece darle un aliento esperanzador a su solicitud poética, vaciada ésta en sus tres primeros libros publicados: TranceSaetas y Ella es Dios.
Poco después, a sus posibles 30 años y creyente de los concursos literarios, obtiene un premio de poesía fuera de las fronteras locales. Dándole éste la notoriedad repentina que les confieren oficialmente siempre tales lauros a los poetas ganadores. Al margen de que si un premio avala verdaderamente o no una obra poética, de cualquier forma le abre puertas y distinciones en el medio. El reconocimiento llega igual a cuando se aplaude el acto sorpresivo de un mago y el prestigio de súbito se despierta a lo mejor muy temprano, quizá entre la cruda etílica venturosamente reparada o en el insomnio que alarga la incredulidad nocturnal por parte del autor. Pero enseguida se aploma la realidad contundente: no sólo es el galardón curricular sino que el logro económico derivado de aquél por fin resulta palpable. El monto dinerario también puede que amortigüe penas interiores. El ego, de algún modo, logra asentarse felizmente, luego de haberse superado el inicial asombro ante el reconocimiento mediático erigido por uno de tantos premios regados en todo el país. Las fanfarreas de estos concursos, no pocas veces terminan por marear al protagonista de tal certamen, anunciado éste con toda la pomposidad del caso, rendido en su probable circunstancia efímera.
En Colima, viendo otro ángulo, sucede algo curioso que llama la atención: por sorpresa, un artista semeja personificar la “revelación” en su disciplina. Pero al poco tiempo, viene otro y el anterior parece opacarse, y así sucesivamente, hasta que el primero ya no es tan fácilmente reconocible o, incluso, para una generación posterior, termina por ser casi inexistente. Moda en moda, pudiera aseverarse. Desconocimiento y falta de rigurosidad, pudiera agregarse.
Por lo mismo, la crítica o las cotidianas opiniones de café siempre perviven en la ambivalencia y la especulación. Ambas, ante todo, persiguen más tintes de intereses personales o de simpatías amistosas o institucionales, que de objetividad estética referente a precisar el calibre desprejuiciado de una obra determinada. Además de que el artista, por lo general, mantiene procesos creativos intermitentes, “desapareciendo” indefinidamente del mundillo artístico. Dicho en otras palabras, faltaría germinar una continuidad productiva sólida fuera de la “cuerda” (tan usual acá) o los apapachos tan proliferantes de la quizá azarosa condecoración.
Volviendo con el inicio, Briceño sigue descubriendo la poesía y descubriéndose él mismo como poeta. Así lo hizo con su texto publicado: La hembra humana, un breve pero comprimido libro donde, en una especie de prestidigitación exploradora, sugiere una simbiosis de acechos formales vetustos integrados a la actual experimentación intimista y decorativa, quizá no tan propia del autor. Lo reprochable sería que, por esas cosas del murmullo habitualmente embaucador, se pulimentara por ahí la ínfula de una coronación poética de Briceño.
El camino es tan largo y la vida apenas es la alegoría común de un soplido, que aquello abarcable dicho al principio pareciera romper su pompa simbólica, para así enfrentarnos con la realidad de lo inabarcable… en la supuesta protagonización de la poesía, según ya aludimos. No está muy lejos de aquí Hokusai (1760-1849), creador japonés de su demoledora Gran Ola, al decirnos que, a sus 89 años, si “el cielo me permitiera vivir diez o cinco años más, solamente así llegaría hacer un pintor de verdad”.

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